Translate

viernes, 19 de octubre de 2012

El dilema de Blaise Pascal acerca de la creencia en Dios



Sin duda la literatura clásica francesa no sería total sin la obra: “Pensamientos (Pensamientos sobre la verdad de la religión cristiana)” del filósofo y matemático Blaise Pascal, que fue publicada póstumamente por la familia del pensador. La prosa de Pascal de estilo directo, racional, seco y aun así elegante, son una de las aportaciones a la discusión del tema de Dios y la creencia en él. Cabe mencionar que el pensador francés también estuvo íntimamente ligando a las ciencias exactas y por supuesto a las matemáticas. Sus experimentos se anticiparon a la creación del Barómetro (Instrumento que sirve para determinar la presión atmosférica) y la máquina de cálculo. Fue Blaise Pascal, un apologista de la religión cristiana y es precisamente con su obra: “Pensamientos” donde se dedica a reflexionar sobre el tema de Dios. La apuesta de Pascal es un argumento creado en una discusión sobre la creencia en la existencia de Dios, basado en el supuesto de que la existencia de Dios es una cuestión de azar. El argumento plantea que, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe, lo racional es apostar que sí existe. "La razón es que, aún cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna."[ ]Básicamente, el argumento plantea cuatro escenarios: 1.- Puedes creer en Dios; si existe, entonces irás al cielo. 2.- Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada. 3.- Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada. 4.- Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no irás al cielo. Como podemos observar este argumento sobre la creencia o no en Dios, está íntimamente ligando con la teoría de la probabilidad que fue el mismo Pascal, quien sentó las bases para esta rama de las matemáticas. Desde entonces y hasta hora el dilema pascaliano de creer o no en Dios es solamente una apuesta.

Breve Biografía
Blaise Pascal (Clermont-Ferrand, Auvernia, Francia, 19 de junio de 1623 - París, 19 de agosto de 1662) fue un matemático, físico, filósofo y teólogo francés, considerado el padre de las computadoras junto con Charles Babbage. Fue un niño prodigio, educado por su padre, un juez local.
Sus primeros trabajos abarcan las ciencias naturales y aplicadas, donde realizó importantes contribuciones para la invención y construcción de calculadoras mecánicas, estudios de la teoría matemática de probabilidad, investigaciones sobre los fluidos y la aclaración de conceptos tales como la presión y el vacío, generalizando la obra de Evangelista Torricelli. También escribió en defensa del método científico. Pascal fue un matemático de primer orden. Ayudó a crear dos grandes áreas de investigación, escribió importantes tratados sobre geometría proyectiva a los dieciséis años, y más tarde cruzó correspondencia con Pierre de Fermat sobre teoría de la probabilidad, influenciando fuertemente el desarrollo de las modernas ciencias económicas y sociales. Siguiendo con el trabajo de Galileo y de Torricelli, en 1646 refutó las teorías aristotélicas que insistían en que la naturaleza aborrece el vacío, y sus resultados causaron grandes discusiones antes de ser generalmente aceptados. En 1646 su familia se convirtió al jansenismo, y su padre murió en 1651. Sin embargo, tras una profunda experiencia religiosa en el año 1654, Pascal sufrió una "segunda conversión". Abandonó las matemáticas y la física para dedicarse a la filosofía y a la teología, publicando en este periodo sus dos obras más conocidas: Las Lettres provinciales (Cartas provinciales) y Pensées (Pensamientos). Ese año también escribió un importante tratado sobre el triángulo aritmético. Entre 1658 y 1659 escribió sobre la cicloide y su uso en el cálculo del volumen de los sólidos. Pascal tuvo una salud muy endeble a lo largo de toda su vida, y su muerte acaeció dos meses después de haber cumplido 39 años.

viernes, 12 de octubre de 2012

El aforismo y Lichtenberg




No hay ensayo más breve que un aforismo.
Gabriel Zaid

En gustos literarios cada lector tiene su ideal. La perfección estilística se ha logrado con obras monumentales como con obras breves. Hay quienes prefieren las descripciones cuidadosas de Marcel Proust, o la brevedad del mexicano Juan José Arreola.
En literatura pueden existir árboles frondosos como La guerra y la Paz de Tolstoi, así como también bonsáis como El llano en llamas de Juan Rulfo.
            La brevedad en la literatura es una de sus cualidades máximas. Lograr la perfección de la página es una de las características que han buscado los literatos de todas las épocas. Pero ¿qué es el aforismo? Literatura o filosofía. La Real Academia de la Lengua Española (RAE) lo define como: Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte. Del lat. aphorismus, y este del gr. φορισμός. Aun así, el aforismo aunque tiene descendencia de la reflexión su gen que predomina es el literario.
No basta con ser un pensamiento profundo, tiene que estar vestido con una forma bella. El aforismo es mitad filosofía, mitad literatura. Frases bellas que contienen reflexiones profundas. El aforismo no deviene de la verdad científica sino de la sabiduría que da la vida misma al hombre atento. El aforismo es el primo lejano del refrán. Mientras que el refrán puede ser burlón, el aforismo es irónico, mientras que el refrán es popular, el aforismo tiende a la alta cultura.
Quizá uno de los grandes iniciadores del aforismo ¾que no el mejor¾ halla sido el alemán George Christoph Lichtenberg. Lichtenberg como mejor se le conoce nació en 1742, en una aldea descalza de Alemania. Se intereso por las matemáticas y la física, y dedico sus horas muertas al estudio de la astronomía. Cuando visito Londres se familiarizo con Shakespeare y el sistema parlamentario. En 1755 sus colegas lo nombraron profesor de la Universidad de Gotinga. Mientras editaba y escribía el Almanaque de Gotinga, a la par iba llenando cuadernos donde consignaba reflexiones, ideas truncas y sueltas, frases de tamaño pequeño, que intentaban concentrar una gama dispersa de intereses.


Esos fragmentos literarios llamados aforismos salieron a la luz una vez que Lichtenberg falleció.
            Aquí una breve selección de los aforismo de George Christoph Lichtenberg que no fue hasta 1971 que se conoció su obra completa de todos sus cuadernos:

YA no se queman brujas, pero siempre es posible quemar una carta que dice alguna verdad incómoda.

PARA esa dama la virtud parece consis­tir en arrepentirse de los errores, más que en evitarlos.

LAS teorías de ciertos innovadores toda­vía no se oponen a la realidad, pero es de temer que llegará el día en que la rea­lidad se opondrá a ellas.

UN exceso de lectura provoca efectos malignos: desgasta el sentido de las palabras, de modo que los pensamientos expresados comienzan a volverse dudo­sos, como si la expresión le quedara a la idea como una prenda holgada.

SÓLO poseía una cosa viril, pero la de­cencia no le permitía mostrarla.

UN libro es una especie de espejo; cuando un mono se mira en él, no contempla la imagen de un apóstol.

DESPUÉS de sostener una Guerra de Treinta Años consigo mismo, al fin lo­gró concertar un armisticio. Pero el tiem­po estaba perdido.

UNA de las hermanas tomó los hábitos y la otra la bragueta.

ERRAR es humano en todos los sentidos: los animales casi nunca se equivocan, salvo los más inteligentes de ellos.

SE dice que cada vez que escribe una de sus críticas tiene las más fuertes erecciones.

EL pensamiento lo había penetrado y trabajaba sin cesar su conciencia co­mo un reloj letal: no se hacía notar de día, en medio de la agitación de los ne­gocios y de la vida cotidiana, pero en el silencio de la noche, toda su alma lo es­cuchaba.

AL honorable público: aunque fuéra­mos lo que imaginas, tu manera de comportarte sería excesivamente ofensi­va. Y aunque tú fueras lo que debieras ser, nuestra estima por ti sería excesiva­mente grande. Qué desequilibrios.



EL sabio auténtico y sano es el hombre para quien el hábito de la reflexión no se ha convertido en una enfermedad.

SE dice que los niños y los locos dicen la verdad. Es digno de destacar el he­cho de que todo hombre que posea cier­ta tendencia a la sátira tiene siempre algo de los dos.

EL perro es el animal más vigilante, pe­ro se pasa todo el día durmiendo.

viernes, 5 de octubre de 2012

El amor en occidente



Dicen los expertos en historia literaria, que eso, a lo que ahora le llamamos “amor” en el mundo occidental, esa forma de relacionarnos con la pareja y tratar de ser uno solo, es solamente una invención cultural. No es algo inherente a lo humano, ni un don, sino que es pura literatura.
Amar o mejor dicho nuestra manera de amar “occidentalmente”, es un homenaje a las vicisitudes infortunadas y que tienen su origen en el Medioevo. Y quizá, ese homenaje sea en particular a la historia de Tristán e Isolda.
Según el pensador francés Denis de Rougemont “El amor feliz no tiene historia” aludiendo a la pareja mencionada arriba. La historia de esta pareja se dio en la sociedad cortesana y caballeresca de los siglos XII y XIII. Pero ¿qué representan Tristán e Isolda? El prototipo de que el deseo nunca llega a satisfacerse completamente. Que el amor es pura pasión, que nunca habrá culminación plena y que es en su mayoría sufrimiento. Que importa si la pasión nos conduce a la desgracia, ante todo hay que sentir (dirán más adelante los románticos). El amor es pasión.
Es curioso como esta forma de vivir el “amor”, que empezó como un código aristocrático, terminó siendo el común denominador para todas las clases en el mundo occidental. El amor visto así, se reduce a pura y llanamente atracción sexual. Será acaso este tipo de “amor” una ideología.
Establece Gilles Lipovetsky (en su libro “La tercera mujer”): “Poco a poco, a medida que retrocedía la costumbre de imponer un marido a las jóvenes, éstas soñaban con integrar el amor en su vida conyugal, aspiraban a mayor intimidad en las relaciones privadas, a oír hablar de amor, a expresar sus sentimientos”.
            La desgracia de Tristán e Isolda, es la de un hombre y una mujer que viven en adulterio. Tristán es huérfano y caballero. Debe cumplir con la tarea de llevar a la princesa Isolda ante el rey que ha de desposarla. Todo esto se suscita en medio de una tormenta donde los dos protagonistas beben por error el vino de hierbas destinado a los esposos.
De tal modo que después de beber se prometen amor y siguen con todas las instrucciones. Isolda y el rey se casan pero el vino de hierbas continúa del lado del caballero Tristán. El amor aviva el fuego a pesar de las prohibiciones religiosas y sociales hasta que el rey los encuentra en flagrancia. Por supuesto hay un castigo y luego también un perdón. Hay un arrepentimiento y luego otra vez la pasión. Después Tristán e Isolda toman caminos diferentes. El encuentra consuelo en otra mujer y ella obedece a su marido. Así pasa el tiempo hasta que Tristán es herido en una batalla y no se cura bien, y que a su vez alcanza también a su amada Isolda. Acaso no preferimos constantemente en materia de amor, aquello que nos daña pero nos vigoriza.
            De Tristán e Isolda les dejo este bello fragmento:
“VIII, EL SALTO DE LA CAPILLA
Por la ciudad, en la noche oscura, la noticia corre: Tristán y la reina han sido sorprendidos: el rey quiere matarlos. Ricos burgueses y gente humilde, lloran todos.
—¡Ay! ¡Bien podemos llorar! Tristán, barón intrépido, ¿moriréis, pues, por tan fea traición? Y vos, reina franca, reina querida, ¿en qué tierra nacerá jamás hija de rey tan bella, tan amada? Aquí tienes, enano jorobado, la obra de tus adivinanzas. ¡Que no vea jamás la faz de Dios quien habiéndote encontrado no hunda su venablo en tu cuerpo! Tristán, buen, amigo, querido, cuando Morolt, venido para arrebatar a nuestros hijos, tomó tierra en esta ribera, ninguno de nuestros barones osó armarse contra él y todos callaban como si estuvieran mudos. Pero vos, Tristán, vos habéis librado combate por todos nosotros, hombres de Cornualles, habéis estado a punto de morir por nosotros. Hoy, recordando estas cosas, ¿podemos consentir vuestra muerte?
Los lamentos, los gritos, suben por la ciudad, y corren todos al palacio. Pero es tal la cólera del rey que no hay barón lo bastante fuerte y arrogante que ose arriesgar una sola palabra para disuadirle.
El día se acerca, la noche se va. Antes de salir el sol, Marés cabalga fuera de la villa, al lugar donde acostumbra a celebrar sus audiencias y sus juicios. Manda abrir un foso en tierra y amontonar en él sarmientos nudosos y cortantes y espinos blancos y negros arrancados hasta la raíz.
A la hora prima, hace proclamar un bando para convocar inmediatamente a los barones de Cornualles. Se reúnen con gran tumulto; no hay nadie que no llore, excepto el enano de Tintagel. Entonces el rey les habló así:
—Señores, he hecho levantar esta hoguera de espinos para Tristán y para la reina, puesto que han delinquido.
Pero todos exclamaron:
—¡Juicio, rey! ¡El juicio primero, la acusación y la defensa! Matarles sin juicio es vergüenza y crimen. Rey, tregua y merced para ellos.
Marés respondió en su cólera;
—¡No! ¡Ni merced, ni tregua, ni defensa, ni juicio! ¡Por Nuestro Señor, que creó el mundo, si nadie osa aún requerirme tal cosa, arderá él primero en esta hoguera!
Y ordena que enciendan, el fuego y que vayan al castillo en busca de Tristán.
Los espinos llamean, todos callan, el rey espera…”