martes, 10 de noviembre de 2009

Un recuerdo de José Gorostiza, autor de "Muerte sin Fin"


(Tomado del periódico La Jornada, con fines de exposición cultural y no económicos. La Jornada Semanal, 11 de noviembre del 2001, núm. 349)

*Evodio Escalante entrevista con Josefina Ortega



*Gorostiza estaba inventariado

Evodio Escalante nos pidió que proporcionáramos a nuestros lectores los antecedentes de esta entrevista con Josefina Ortega, viuda de Gorostiza: Realizada el domingo 2 de septiembre en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.


*Agradezco las atenciones de Marta Gorostiza, hija del poeta, quien hizo posible esta conversación.”


¿Cómo conoció a José Gorostiza? Fue en 1937. Él estaba trabajando en Dinamarca, pero en ese momento era ministro de Relaciones el general Hay, quien lo mandó llamar para hacerlo su secretario particular. El general estaba escribiendo un libro, El peregrino, y quería una persona que le ayudara un poco a ponerlo en orden. Lo conocí por Pepe Sotomayor, que era escritor también, y era novio de una hermana mía. Como no la dejaban salir sola con el novio, entonces yo iba de chaperona. Pero para que no los molestara yo, Pepe Sotomayor empezó a llevar a Pepe Gorostiza. Estuvimos paseando sábados y domingos mucho tiempo, no recuerdo cuánto. Había otro grupo de amigos. Ahí es donde lo vi primero, en una fiesta. Había un cabaret, no como los de ahora sino un cabaret serio, alemán, el Tío Huffe; sábados y domingos había cena y baile. Esa vez no iba conmigo ni con Sotomayor sino con otro grupo. Iba con otra persona, con una amiga mía. Es curioso que me llamara la atención... Yo no tenía ningún compromiso entonces; un día nos hicimos novios. Realmente no era un noviazgo serio y definitivo porque apenas estaba empezando. Pero a fines de año, me dijo que él era una persona grande que nunca había pensado en el matrimonio porque su economía no se lo permitía, pero que ahora que estaba asentado quería hablar con mi papá y mi mamá para que fuera un noviazgo serio. El general Hay le había prometido que lo iba a traer por un año y que al año siguiente lo mandaría al extranjero. Quería irse casado porque no iba a estar yendo y viniendo y no sabía a dónde lo iban a mandar, entonces se apresuró el matrimonio. Cuando nos casamos vino la expropiación petrolera, entonces no lo dejaron ir, porque en Relaciones Exteriores estaban muy, muy nerviosos de lo que pudiera suceder. No iba a dormir a casa, iba a bañarse, a desayunar, y regresaba, dormía en Relaciones. Había un bar enfrente que les mandaba tortas y bebidas y así estuvieron varios días hasta que el presidente les dio la nota que naturalmente pasaba por Relaciones y por el Departamento Legal de Relaciones, y entre todos la armaban. Así fue como de repente salió el anuncio de la expropiación petrolera, y el general Hay le dijo a mi esposo que no lo iba a dejar ir hasta que pasara la turbulencia.
En febrero de 1939 nos mandó a Roma. Lo mandó a Italia como premio. Él había sido maestro de historia del arte. Empezamos a ir sábados y domingos a los museos, a ver lo que él ya conocía, las pinturas hermosísimas que hay en todos los museos de Italia. Había ópera de primavera y ópera de invierno; estuvimos yendo a todas. En esa época estaba Mussolini y había ópera en las termas del Caracalla. También íbamos al teatro. Por esos tiempos murió su hermana. Entonces se puso muy nervioso de que su mamá se fuera a morir con un golpe tan fuerte, después de una operación que ella había pasado. Pidió permiso para regresar a México unos días, como vacaciones, pero le dijeron que no, que se regresara porque ya estaba próxima la guerra. Y era cierto. Veíamos que Chamberlain va a hablar, que Mussolini va a hablar, todo esto nos tocó. Tuvimos que regresarnos en un barco americano ya como si fuera estado de guerra, porque en la noche estaba oscuro, no nos dejaban prender las luces. Llegamos a Nueva York cuando entró Italia al sur de Francia. Después regresamos a México y él empezó a trabajar en otras cosas. Lo mandaron primero a Guatemala, después a Cuba, luego a Holanda, a las Naciones Unidas en Nueva York. Trabajó mucho en Relaciones Exteriores. Entonces estaba Torres Bodet de ministro y él era del grupo que lo acompañaba.
Ese es el principio... Ya después se metió tanto en todo eso que yo decía que estaba inventariado en Relaciones, que pertenecía a Relaciones.
–¿Antes había viajado su esposo a Nueva York?
–Fue muy joven a Nueva York porque su papá tenía cáncer en la garganta. Aquí no le pudieron hacer nada y pensaron que tal vez en Nueva York. Antes de estar en Dinamarca estuvo en Inglaterra. Le gustó muchísimo Inglaterra. Se sintió muy a gusto allí, y en Roma, por supuesto, más en Roma porque era su mero mole, ¿no?
–¿Me puede decir algo del ambiente del cine?
–Él pensó hacer un sketch para el cine con Mario Moreno Cantinflas como diplomático. Pero al final no lo hizo. Decía: "Voy a hacer un sketch para una película." Porque, sabe, ellos [se refiere a los Contemporáneos] hacían sketches para el teatro, donde estaba Lupe Vélez. Hasta dicen que mi marido estuvo enamorado de Lupe Vélez, y es posible que haya estado enamorado de ella.
–¿Entonces cuando usted lo conoció escribía sketches?

(Acerca de "Muerte sin Fin")


Ya hacía pura poesía. Escribió "Muerte sin fin", cuando estaba el general Hay. Se iba temprano de casa y el general llegaba como a las once. Él se iba a las nueve, y a esas horas fue armando el poema. Traía unos papelitos así doblados, y de repente pensaba en algo y lo anotaba y los volvía a guardar.
–¿Piensa usted que "Muerte sin fin" lo empezaría a escribir en Inglaterra?
Lo escribió en México siendo secretario particular del general Hay. Cuando nos fuimos a Europa, le dejó que se ocupara de la edición a un amigo suyo. En esa época había una editorial que les hacía los libros sin cobrarles nada, sólo les daba libros.
–¿Cuánto tiempo tardó en escribir el poema?
–No tengo idea. No sé si ya lo había empezado antes de casarnos, pero todo ese año se iba temprano y se dedicaba a las cosas literarias. Lo más curioso es que, decía yo, ¿de dónde sabe todo, a qué horas se entera de todo...?
–¿Tenía horarios para ponerse a escribir?
–No, en la casa no hizo nada. Yo no sé, la verdad es que tampoco leía, pero sabía perfectamente qué libros habían salido, los comentaba, ya los había leído, se juntaba con sus amigos, se iban a comer y a cenar.

¿Quiénes eran los amigos de esa época?
–Pepe Sotomayor, Jorge Cuesta, Torres Bodet... Los más, más, eran ésos.
–¿También Novo?
–No mucho. Salvador Novo era terrible. Un hombre muy ameno pero había que tener mucho cuidado con él porque cuando hablaba de una persona la ponía como al perico.
–¿Cómo era Jorge Cuesta?
–Era un encanto. Mi marido le tenía mucho cariño. Yo sí salí con ellos a comer, a cenar con él. Yo le decía a mi hija Marta que Jorge Cuesta estaba haciendo investigaciones de algo de lo que ahora se habla mucho, de la oxidación de las células. Cuesta le decía a mi marido: "Es, Pepe, como una puerta de metal que se oxida. Así como se oxidan los metales, también se oxidan las cosas en el organismo." Estaba investigando eso y decía que usaba el peyote, que podía servir para la salud de las personas... A una hermana mía, que también anduvo con Jorge Cuesta, le dio unos cigarros con algo de peyote o de lo que sea y mi hermana no pudo dormir en cuatro días. Como la cocaína, ¿no? A mí me regaló un perfume que olía a rayos. Ahí lo tuve porque nunca lo pude usar.
–¿Era buen platicador José Gorostiza?
–Siempre fue muy callado. Oía, oía y oía, y todo el mundo hablaba, hablaba, pero cuando mi marido hablaba todo el mundo se callaba porque tenía una lucidez increíble. Él aclaraba todo de una forma... Era un cerebro privilegiado, pero no era muy platicador.
–¿Y a usted cómo la conquistó?
–No sé cómo. Porque parecía otra persona. Más alegre. Yo era joven, y él se sintió muy alegre conmigo, paseábamos y nos divertíamos mucho. Pero cuando me casé vi que no era alegre como había creído. Era muy serio.
–¿Diría que triste?
–No triste. Era un hombre muy serio, muy respetuoso, muy consciente, amaba mucho a su mamá y a toda su familia. Era una persona muy especial. Medio frívolo lo conocí, pero no era frívolo, de nada, de nada.
Pues esa es la historia más o menos.
–En las cartas que escribió desde Inglaterra, parecería que la pasaba realmente muy mal.
–Bueno, porque Inglaterra es frío y es húmedo y no hay luz. La gente en esos lugares se deprime. En Italia no estuvo nada deprimido. Era quejumbroso, ¿sabe? Era negativo, bastante negativo, no era optimista.
–¿Cómo tomó él lo de la expropiación petrolera?
–Con la cosa de la expropiación petrolera todos estaban temblando. Como la guerra se venía encima, pensaban que Estados Unidos se iba a venir encima de México para quitarnos el petróleo. Pero el presidente Roosevelt decidió tener a México como amigo y no tener guerrita aquí y guerrita allá.

¿Qué tanto le platicaba a usted de lo que estaba escribiendo?
–No, de lo que estaba escribiendo no me platicaba. Me dijo que estaba escribiendo un poema. Lo que me dijo fue: "No sé que título le voy a poner, ‘Muerte sin fin’ o ‘Vida sin fin’". Porque realmente qué podía uno decir de la vida, que es muerte sin fin o que es vida sin fin. Las dos cosas. Pero como él era trágico, decidió ponerle "Muerte sin fin".

¿Escribió algo después?
–Después quería hacer otro poema, era "El semejante a sí mismo" y estuvo haciendo apuntes, apuntes y apuntes, pero no tuvo tiempo. Cuando estuvimos en Holanda no estuvo bien de salud. Yo le dije: "¿Por qué ahora que tienes tiempo no escribes?" Me respondió: "Para escribir se necesita tener ganas, y no tengo ganas."
–¿Y de qué estaba enfermo en Holanda?
–Estaba deprimido. Me dijo: "Mira, lo que pasa es como si yo fuera un pianista, que tengo un piano muy grande que lo toco todo, pero me mandan a Holanda donde me dan un piano con una sola tecla..."
–¿Su marido oía mucha música?
–Los sábados en la tarde y los domingos, todo el día ponía música y andaba paseando por la casa oyendo música. Mis hijos cantaban la Quinta de Beethoven. Él gastaba mucho en discos, era la época de los discos grandotes y tenía una colección muy buena. Siempre tenía un aparato bueno para sus discos. Oía pura música clásica.
–¿Cómo resumiría su vida al lado de José Gorostiza?
–He sido muy adaptable a todo. Si me dijeran: "Si te volvieras a casar, ¿te casarías otra vez con él?", diría sí, porque conociendo a los señores como son, no hubiera yo encontrado otro José Gorostiza... Correcto todo el tiempo, respetuoso, amable, serio. Él estaba muy bien educado. Y una persona bien educada, para siempre.

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