domingo, 17 de octubre de 2010

Estampas de nuestra intolerancia: Un extranjero en casa

La intolerancia en México
Estampas de nuestra intolerancia: Un extranjero en casa
por Guillermo Fadanelli
(Tomado de Letras libres, para difusión cultural)



Un diagnóstico de la intolerancia no puede prescindir de las particularidades, los modos y las actitudes en los que se articula. Por eso, pedimos a tres intelectuales que se ocuparan, en este mosaico, de los casos concretos:Guillermo Fadanelli de la xenofobia, Julio Hubard de la intolerancia religiosa y David Razú Aznar de la homofobia.
(Notas sobre la xenofobia en México)

A la incómoda pregunta de “¿qué clase de libertad deseas?”, yo no dudaría en responder: “solo aspiro a que me dejen en paz”. No sé en qué momento de mi vida me incliné por esa especie de libertad negativa que hace de la utopía moral un simple procurar vivir en buena medida lejos de los otros; sin embargo, me temo que una considerable cantidad de personas estaría de acuerdo en las virtudes evidentes del siguiente principio: “Si no podemos convivir en paz entonces que cada quien tome su camino.” ¿Cómo podemos hacer para que las personas amadas, pero sobre todo las no queridas nos dejen por un momento tranquilos? Menuda tarea a la que un hombre desesperado intentará dedicarse sin satisfacción alguna. Nos corresponde estar cerca de los extraños y toda persona es, en algún sentido, un forastero que ha venido a amargarnos o a alegrarnos un poco más la vida. No existe en la realidad una sociedad de hombres discretos o pudorosos que sepan brindar a los demás el placer de su ausencia. Desaparecer por vocación altruista tendría que considerarse uno de los ejercicios más bondadosos a los que puede dedicarse un hombre de bien. Lo otro, el desear que los demás desaparezcan por nuestra propia mano o que las leyes los discriminen o eliminen del horizonte, es un asunto diferente porque encarna una concepción bárbara o arbitraria del bien común.
Se debe a los escritos de David Hume, principalmente, la idea de que la “necesidad” no es más que una relación lógica que los hombres llevamos a cabo en nombre de la razón y que, por tanto, es insuficiente para obtener de los hechos leyes o conclusiones absolutas. En pocas palabras, Hume nos dijo que nadie tiene derecho a ponerse necio a la hora de dar una sentencia por verdadera universalmente. ¡Qué escepticismo tan sano practicaba este hombre! Y si bien las enfermedades suelen moverse con más libertad que la salud, al menos su saludable pensamiento sedimentó en varios escritores románticos (tan bien retratados por Isaiah Berlin) que pusieron en duda el papel del racionalismo como método único de conocimiento y se pronunciaron de buena gana contra el concepto de Nación. Uno de ellos fue Johann Georg Hamann, cuya locura romántica lo hizo afirmar que comprender el mundo o pensarlo tiene que ver más con el drama de la creación que con los principios categóricos u otras barbaridades de los métodos racionales de la Ilustración. Uno de los cómplices más apasionados de Hamann fue el alemán Johann Gottfried Herder, a quien se le debe, entre varias digresiones sociológicas, el mérito de comprender en pleno atardecer del siglo xviii que los pueblos no deben medirse de manera uniforme, pues cada cultura es consecuencia de su propia historia y de sus tradiciones particulares, las cuales no tienen que predominar o ser más sabias e importantes que otras. ¿Por qué citar a Herder en este breve artículo acerca de la xenofobia? Porque pese a la ambigüedad de sus ideas este hombre vehemente y visionario nos ha puesto en el centro de la diatriba fascista, racial, nacionalista y burda que cada determinado tiempo causa tantas muertes e injusticia en todas partes del mundo. En palabras de Herder: “Jactarse del país de uno es la forma más estúpida de fanfarronería. ¿Qué es una nación? Un enorme y salvaje jardín lleno de buenas y malas hierbas, vicios y locuras mezclados con méritos y virtudes diversas.”
Les dejo el link para el que lo quiera leer completo: http://www.letraslibres.com/index.php?art=14963

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