viernes, 10 de abril de 2009

El Hombre llamado Cristo. G. K. Chesterton

Fue entre los veinte y veintún años cuando atravesé por una fuerte depresión. En ese entonces, en 1999, fue cuando -para mi fortuna- me puse a leer a los ateos. La idea de Dios me empezó a apasionar sobremanera. Leí a Sartre y a los existencialistas -considero que ellos han marcado fuertemente mi vida-. Por ese tiempo, como comento, me envolví en la nada existencial: insomnio, miedo y una terrible nostalgía. Fui con una psicóloga que ahora es una gran amiga Ruby Rojas, ella me ayudó en el sentido de la escucha pero nada más -descreo un poco de estos profesionistas-. Busqué a los jesuitas, después me encontré también con los dominicos y, fue en esta búsqueda que conocí al padre Jesús García, director del Centro de Estudios filosóficos Tomás de Aquino. Creo que fue un año o más, que me duro esta enriquecedora experiencia. Luego un día descubrí a Chesterton y me aclaró algunas cuestiones importantes su pensamiento. Desde ese feliz encuentro, Chesterton se ha convertido en mí "compañero de ruta".
Aquí un párrafo:

"En ese terrible relato de la Pasión, hay una nítida y emotiva sugerencia de que el autor de todas las cosas (en cierta manera inconcebible) pasó no sólo por la agonía sino también por la incertidumbre. Está escrito "No tentarás al señor tu Dios", No; pero el señor tu Dios puede tentarse a sí mismo, y parece que eso fue lo que sucedió en Getsemaní: En un jardín, Satanas tentó al hombre; y en un jardín Dios tentó a Dios. En cierto modo sobrehumano, pasó por el humano horror del pesimismo. Cuando tembló la tierra, y el sol se ocultó en el cielo, no fue por la crucifixión, sino por el grito que partía de la cruz: el grito que confesaba que Dios había abandonado a Dios. Y ahora dejemos que los revolucionarios elijan un credo de entre todos los credos, un dios de entre todos los dioses del mundo, luego de haber comparado minuciosamente a todos los dioses de asistencia segura y de invariable poder. No encontrarán otro Dios que se haya revelado. Y aún más (aunque el asunto se hace demasiado difícil para la expresión humana), dejemos que los ateos elijan un Dios. Encontrarán sólo una divinidad que haya traducido su desamparo; solamente una religión en la cual por un instante, Dios pareció ser ateo"
(Ortodoxia capítulo VIII).

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